1) La desclasificación de gran número de archivos del FBI durante la década del

Ochenta demostró que las principales figuras musicales de la época habían sido

Sometidas a estricta vigilancia por parte de las autoridades debido a su potencial

“subversivo”.

2) Se diseñó un plan para frenar el avance de la contracultura, que incluía atentados

contra estrellas de rock y el sabotaje de festivales multitudinarios.

3) Personajes como Jimi Hendrix o John Lennon habrían sido víctimas de este plan,

conocido como “Operación Caos”.

4) En la actualidad, el objetivo de estas prácticas lo estarían siendo los raperos de

color, convertidos en improvisados ideólogos de los sectores más radicales de la

comunidad afro norteamericana.

John Lennon, Jimi Hendrix, Jim Morrison… Sus muertes llenaron de lágrimas los

ojos de millones de admiradores en todo el mundo. Pero ese llanto hubiera sido de

rabia de haberse sabido que estos músicos encontraron sus trágicos finales no como

Consecuencia de imprudencias o accidentes fortuitos, sino de un plan perfectamente

organizado para poner freno a la contracultura norteamericana.

A lo largo de la Historia de Estados Unidos el asesinato político se ha convertido

casi en una forma de arte. Los personajes más o menos molestos desaparecen

oportunamente, víctimas eventuales de actores fanáticos, como en el caso de Lincoln;

maníacos homicidas con extraordinaria puntería, como en el caso de Kennedy; o

delincuentes de poca monta que súbitamente se convierten en acérrimos racistas,

como en el caso de Luther King, cuando no deciden suicidarse de la noche a la

mañana como la pobre Marilyn. Los intereses políticos y económicos de los grandes

consorcios de comunicación norteamericanos hacen que sea muy poco conveniente

que salgan a la luz historias sobre asesinatos de Estado en el país del dólar. Sin

embargo, éstos existen, han existido y, dado el cariz que están tomando las cosas,

existirán.

En este capítulo vamos a tratar de aquellos que se relacionan directamente con

las operaciones clandestinas que la Agencia Central de Inteligencia y el FBI han

mantenido contra determinadas estrellas del rock, en aras de una estabilidad social mal

entendida y sólo posibles merced a la mentalidad rígidamente conservadora y

completamente irrespetuosa con los derechos humanos, que durante décadas imperó

en la comunidad de inteligencia estadounidense.

En efecto, los mismos mecanismos que en su momento sirvieron para instalar y

mantener a las peores dictaduras tercermundistas fueron oportunamente adaptados a

la situación doméstica para sujetar a determinados elementos considerados como

“indeseables”. ¿Cómo calificar, sí no, a esos melenudos que hablaban de hacer el amor

y no la guerra?. ¿Qué hacer con esos negros de los barrios bajos que protestaban

contra los abusos policiales y se atrevían a exigir sus derechos?. Más allá de la leyenda

negra del rock -vive rápido, muere joven y harás un bonito cadáver-, existen muchos

casos en los que la desaparición de importantes figuras de la música ofrece dudas más

que razonables de la intervención de agentes externos en la tragedia.

Como veremos, en muchas ocasiones los blancos de estas acciones tenían

constancia de que estaban en el ojo del huracán. De hecho, muchas de las víctimas

sufrieron sorprendentes episodios de paranoia antes de sus sospechosas muertes.

Todos los hombres del presidente

En 1980 el periodista danés Henrik Krüger222 reunió cierto número de

informaciones poco conocidas sobre el entorno de Nixon dentro del Partido

Republicano. Según Kruger, “el asesinato se convirtió en un modus operandi bajo el

mandato de Nixon”. Al parecer, cuando Bernstein y Woodward descubrieron en las

páginas del Washington Post la afición del Presidente por los micrófonos ocultos, las

escuchas telefónicas y otros métodos de actuación poco éticos, dejaron intacta la

podredumbre que se escondía bajo esas prácticas. Es precisamente lo que se ignora

respecto a la actuación de Nixon en la Casa Blanca lo que hizo que su sucesor Gerald

Ford dictase un indulto incondicional hacia su persona como una de las primeras

medidas que tomó al ocupar el cargo, pues las responsabilidades penales del ex

presidente iban mucho más allá de lo que la opinión pública conocía, que ya era

mucho.

En aquella época, en la Casa Blanca se constituyó un verdadero escuadrón de

la muerte, comandado por el siniestro Howard Hunt223, “asesor” de la CIA que

solucionó para el presidente Nixon muchos asuntos complicados. De hecho, el teléfono

de Hunt estaba en la agenda de uno de los sorprendidos colocando micrófonos en el

edificio Watergate, a raíz de lo cual decidió confesar su participación en el espionaje

después de que el gobierno de Nixon no le pagase el dinero convenido para mantener

su silencio.

Para los trabajos más delicados Hunt contrató a su vez a Gordon Liddy -otro de

los implicados del caso Watergate- y al doctor Edward Gunn, un experto en toxinas y

director de la división de servicios médicos de la CIA.

Los métodos de este equipo de matones de lujo eran de lo más variado pero,

dado que el mejor asesinato es aquel que nadie llega a investigar, las “sobredosis”, los

“suicidios” y los ataques al corazón se convirtieron en los favoritos de su arsenal.

Operación Caos

En 1967 una forma de música tildada de subversiva surgió en San Francisco.

Rápidamente dejó de ser una simple manifestación artística para convertirse en un

fenómeno social y político. Con la guerra de Vietnam en pleno apogeo, las minorías

raciales reclamando sus derechos civiles y los soviéticos multiplicando su capacidad

armamentística en progresión geométrica, el gobierno no podía tolerar que una

pandilla de melenudos se pusiera a enredar las cosas más de lo que ya estaban. El FBI,

tradicional guardián del modo de vida norteamericano, decidió poner a trabajar en el

asunto a lo más granado de su departamento de operaciones clandestinas, el temido

COINTELPRO. Paralelamente, la CIA, aficionada a bautizar sus actuaciones con

nombres propios de una película de James Bond, puso en marcha la denominada

“Operación Caos”, cuyo fin era terminar con el movimiento hippie o, al menos, volverlo

inocuo.

Las fuerzas vivas de la nación sentían que había que hacer algo contra aquellos

jovenzuelos que se dejaban crecer la melena y se negaban a ser inmolados en el

infierno asiático. La desclasificación de gran número de archivos del FBI durante la

década de los ochenta demostró que las principales figuras musicales de la época

habían sido sometidas a estricta vigilancia por parte de las autoridades debido a su

potencial “subversivo”. Allí había un informe dedicado en exclusiva a Jimi Hendrix, un

grueso expediente de 89 páginas sobre las andanzas de Jim Morrison y ni más ni

menos que 663 sobre Elvis Presley. Este último expediente es especialmente

interesante ya que podríamos considerarlo como la prehistoria de la Operación Caos.

En efecto, el informe comienza en los años cincuenta, cuando el propio J. Edgard

Hoover plantea la necesidad de “hacer algo” para detener este decadente ejemplo para

la juventud norteamericana. Los informes contienen perlas como la siguiente: “Me

siento en la obligación de poner en su conocimiento que Presley es un peligro definido

para la seguridad de los Estados Unidos”224. Siguiendo las consignas de la CIA, la

mafia instaló en diversos enclaves del país laboratorios clandestinos para abastecer el

mercado de las drogas. Incluso se llegó a constituir una “mafia hippie”, un grupo

llamado “La hermandad del amor eterno”225 que, liderado por el agente de la CIA

Ronald Stark, logró hacerse con el monopolio del tráfico de LSD en Estados Unidos;

todo ello con el propósito de socavar los cimientos de la floreciente revolución de las

flores a golpe de alucinógeno.

Sangre y LSD

La investigadora Mae Brussell, referente obligado en Estados Unidos cuando se

habla de conspiraciones, revelaba en un manuscrito inédito algunas de las claves de

esta Operación Caos, relacionándola de alguna manera con el asesinato de la actriz

Sharon Tate por parte de Charles Manson y su grupo de seguidores, “la familia”: “En

Agosto de 1967, el Grupo Especial de Operaciones se centró en la juventud. En Julio

de 1968, la Operación Caos (…) fue puesta en marcha contra los “jóvenes rebeldes”. A

mediados del verano de 1969, un mes antes de la masacre perpetrada por la familia

Manson, la Operación Caos entró en su fase de máxima seguridad. (…) Habían puesto

en circulación una cantidad de LSD tal que la droga se encontraría relacionada con

cada acto violento o síntoma de violencia que ocurriese en Los Ángeles o Altamont. Era

como dar caramelos envenenados en Halloween. El LSD fue la fuerza principal, la

causa tras la matanza de Sharon Tate y La Bianca. Formaba parte de la dieta de los

habitantes de Spahn Ranch226. En Julio de 1968, se dieron órdenes ejecutivas

explícitas, acompañadas de sus correspondientes instrucciones, para la neutralización

de diversos sectores de nuestra sociedad, incluyendo a los “jóvenes rebeldes”. En

1969, el equipo de servicios especiales del FBI unió sus fuerzas al Departamento de

Justicia y a la Operación Caos de la CIA. En Agosto de 1969 fue la matanza de Sharon

Tate y La Bianca…”.227

Se sospecha que Charles Manson, músico fracasado que supo reorientar su

talento hacia el estrellato como gurú de una secta de asesinos en serie; Bobby

Beausoleil, un espécimen de no mucha mejor catadura, y el componente de los Beach

Boys Dennis Wilson, encontrado ahogado en extrañas circunstancias en 1988, fueron

algunos de los conejillos de indias empleados en esta operación. En el centro de este

festival de la psicopatía alucinógena, e íntima amiga de los tres anteriores, estaba

Mama Cass Eliot -líder de The mamas & the papas-, que murió en 1974 a consecuencia

de un paro cardíaco, según el forense, aunque su amigo Paul Kassner piensa que fue

asesinada: “Sabía demasiadas cosas sobre las conexiones criminales entre Hollywood,

Washington y Las Vegas… También era amiga de Sharon Tate”.

En el Reino Unido las cosas no eran muy diferentes. Allí, el mayor enemigo para

la moral y las buenas costumbres eran los Rolling Stones. El grupo fue sometido a un

incesante acoso por parte de las autoridades, que culminó en una trampa tendida por

un confidente que dio con los huesos de los componentes del grupo en una celda por

posesión de narcóticos. Peor suerte corrió Bryan Jones -uno de los miembros más

carismáticos de la organización-, que fue encontrado ahogado en su piscina el 2 de

Julio de 1969. El caso fue archivado como muerte accidental pero en 1994 el diario

británico The Independent sacó a la luz hechos y testimonios que inducen a pensar

que pudo tratarse de un asesinato.

Altamont y Hendrix

Cinco meses después del “accidente” de Jones, la imagen del movimiento

hippie quedaba definitivamente por el piso cuando un festival de música celebrado en

Altamont, cerca de San Francisco, terminaba en una batalla campal muy alejada de la

filosofía del Flower Power. En teoría, el festival de Altamont estaba destinado a ser un

segundo Woodstock pero terminó en una tragedia que quedaría registrada en toda su

crudeza en un documental titulado Gimme Shelter. El acto central del festival debía ser

el concierto que darían los Stones el 6 de Diciembre de 1969. El organizador del evento

fue el abogado Melvin Belli, conocido en la profesión como un oportunista carente de

escrúpulos. Pero el letrado Belli tenía además una vida secreta como estrecho

colaborador de la CIA, y entre sus más distinguidos clientes se encontraban Jack Ruby,

el asesino de Lee Harvey Oswald, y Sirhan Sirhan, el presunto asesino de Robert

Kennedy228.

Belli puso al frente de la seguridad del festival a Ralph “Sonny” Barger229, líder

de “Los ángeles del Infierno”, una banda de motociclistas con centenares de

integrantes en todo el país y que con el paso de los años había crecido hasta

convertirse en una auténtica mafia sobre ruedas. Hubo numerosos disturbios con

heridos y un joven muerto, apuñalado por un motociclista cuando presuntamente

alzaba una pistola contra Mick Jagger. Jamás se supo quién había blandido el cuchillo.

Tiempo después, Barger declaró ante un tribunal que llevaba años haciendo

“trabajitos” para las autoridades, la mayoría de ellos como parte de tratos para librar a

alguno de sus muchachos de prisión. Se cuenta que cuando huyó a Argelia el líder de

los Panteras Negras, Eldridge Cleaver, la ATF -la oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de

fuego, una de las agencias gubernamentales más duras de Estados Unidos,

responsable entre otras “hazañas” de la masacre de Waco- negoció con Barger para

que lo trajera de vuelta a casa “dentro de una caja”. Quizá sabotear el festival de

Altamont fuera otro de estos encargos.

Los sicarios de la Operación Caos contaban sus intervenciones por éxitos

cuando Jimi Hendrix, el exótico y pacifista “Elvis negro de los 60”, se convirtió en uno

de sus blancos prioritarios. ¿Fue Hendrix asesinado mientras se encontraba bajo el

efecto de los barbitúricos?. La versión de la muerte de Hendrix que divulgaron los

medios de comunicación se centraba en la consabida sobredosis que tan

oportunamente se ha llevado por delante a tantas estrellas del rock. Nadie, sin

embargo, dio en su momento publicidad a una serie de irregularidades que ya había

denunciado el encargado de la autopsia, el doctor Bannister, quien informó que en el

momento de limpiar su esófago “cantidades ingentes” de vino tinto “salieron a través

de su boca y nariz”. Asimismo encontraron gran volumen de líquido en sus pulmones:

“Es notable -declaró el médico-, porque les aseguro que uno no tiene todos los días la

ocasión de examinar un cadáver ahogado en vino. Tenía algo alrededor del cuello -creo

que era una toalla-, y estaba también empapada de esta bebida”. Éste es solamente

un hecho de un largo informe que aporta datos suficientes como para sospechar de un

asesinato. Lo más curioso es que los detalles proporcionados por Bannister no fueron

dados a conocer hasta muchos años después de la muerte del artista, fomentando

durante ese tiempo la imagen de Hendrix como la de un drogadicto que murió

ahogado en su propio vómito.

Pero ¿por qué matar a alguien como Hendrix?. El FBI vigilaba estrechamente

todos los movimientos del artista y veía con seria preocupación cómo sus posturas

políticas y sus manifestaciones públicas se iban radicalizando cada vez más,

acercándose a los sectores más revolucionarios del movimiento por los derechos

civiles, en especial a los Panteras Negras. Esta actitud se hacía también patente en sus

declaraciones, como en una entrevista concedida en Suecia al periódico Gotesborgs-

Tidningen: “En Estados Unidos tienes que elegir de qué lado estás. Puedes ser un

rebelde o puedes ser como Frank Sinatra”230. Para las mentes de los responsables de

COINTELPRO esta postura equivalía a una declaración de guerra por parte de alguien

que, como los ya silenciados Martin Luther King o Malcolm X, ejercía un fuerte

liderazgo sobre la comunidad negra norteamericana.

Morrison

El cuerpo sin vida del líder de los Doors, el cantante y poeta Jim Morrison, fue

encontrado por su esposa Pamela Courson en la bañera de su piso de París en las

primeras horas de la mañana del 3 de Julio de 1971. Al contrario de lo sucedido con

Hendrix, la mayoría de sus conocidos reconocieron no sentirse especialmente

sorprendidos por esta muerte. Durante meses lo habían visto capitular lentamente,

vencido por la desesperación en que lo tenía sumido una intensa depresión y una

creciente paranoia, que le hacía desconfiar de todo y de todos. Como en el caso de

Hendrix, Morrison ocupaba una innegable posición de liderazgo en el ámbito de la

nueva izquierda, era el poeta misterioso e inasequible que necesitan todas las

revoluciones y por ello COINTELPRO llevaba acosándolo desde hacía tiempo.

El doctor Max Vasille, el forense que procedió al levantamiento del cadáver,

puso en el certificado de defunción como causa del deceso: “Muerte natural debida a

un paro cardíaco”231. Sin embargo, una vez más, la prensa achacó la muerte a una

presunta sobredosis, cuando era de sobra conocido que Morrison, espantado por la

muerte de Janis Joplin, había renegado de las drogas y meditaba seriamente sobre la

posibilidad de cambiar de vida. Morrison pudo ser una víctima de la Operación Caos o

no, eso posiblemente nunca lo sepamos, pero lo más extraño de su caso comienza

justo tras el funeral. Con la muerte de Jim Morrison sucede algo parecido a lo que

ocurriría años después con Elvis Presley. No tardaron en surgir diversas voces que

afirmaban que Morrison estaba realmente vivo. La leyenda urbana que comenzó a

extenderse como un reguero de pólvora por todo el mundo sostenía que el artista

había decidido fingir su muerte harto ya de las presiones y servidumbres de la vida de

una estrella del rock, y que ahora llevaba una existencia anónima en Francia, dedicado

a pasear por el campo y a escribir poesía. Todo esto no pasaría de ser un desvarío de

los periódicos de no ser porque parece que la leyenda fue difundida y mantenida por

los propios servicios de inteligencia estadounidenses, que durante años han tenido a

un agente suplantando la identidad de Morrison, manteniendo activo su pasaporte y

varias cuentas bancarias a su nombre y -para añadir un toque de surrealismo al

asunto- incluso escribiendo un libro firmado por el difunto232. ¿Cuál es la razón de tan

extraña puesta en escena?. Para explicar esta inverosímil actitud de los servicios de

inteligencia estadounidenses se han aportado teorías tan disparatadas como la propia

historia de la supervivencia de Morrison, que, por cierto, resultaría una cortina de

humo perfecta para alejar a las mentes más inquisitivas de la posibilidad de que el

cantante hubiera sido víctima de un asesinato.

Mientras, Caos seguía su curso. La cantante folk Joan Baez, una de las más

activas opositoras a la participación norteamericana en Vietnam, fue el siguiente

objetivo de la operación pero, a diferencia de sus compañeros menos afortunados, tras

algunas amenazas fue rápidamente dejada en paz por los sicarios de los servicios

secretos estadounidenses. Tal vez esta deferencia se debiera a la intervención de su

padre, el científico Albert Baez, implicado en todo tipo de investigaciones secretas para

el gobierno, tanto en el laboratorio nacional de Los Álamos como en la Universidad de

Cornell. Otro que tuvo la oportunidad de replantearse su vida fue Bob Dylan, quien

decidió abandonar cualquier tipo de activismo político después de un accidente de

motocicleta que estuvo a punto de costarle la vida. Más curioso fue el caso de su

compañero Phil Ochs. El más radical de los cantautores estadounidenses terminó

desarrollando un grave caso de esquizofrenia en el que su otra personalidad era la de

John Train, un agente de la CIA cuya misión era ni más ni menos que matar al propio

Ochs. Y el caso es que John Train cumplió finalmente su misión… El 9 de Abril de 1976

el cadáver de Phil Ochs fue encontrado ahorcado, sin signos que evidenciaran otra

cosa que un suicidio.

El reino de la paranoia

Apenas unas semanas después de la muerte de Ochs, se publicaba “El control

de Candy Jones”233, un libro en el que se analizaba el caso de una víctima de los

experimentos de control mental de la CIA. El tema es que la sintomatología de la

modelo Candy Jones encajaba a la perfección con la de Ochs, incluida la aparición de

un pintoresco episodio de doble personalidad. Un sofisticado lavado de cerebro, que

incluía la aplicación combinada de diversas drogas e hipnosis, había conseguido

implantar en su mente una segunda identidad, la de una nazi fanática dispuesta a

llevar a cabo cualquier tarea que le fuera asignada por sus superiores. Candy Jones

trabajó sin saberlo como agente de la CIA durante doce años. Su orden poshipnótica

final era suicidarse, hecho que fue felizmente impedido in extremis gracias a la

oportuna intervención de su marido234. En su momento, “El control de Candy Jones” se

convirtió en un éxito de ventas. Sin embargo, no todas las obras en las que se hablaba

de presuntos asesinos programados tuvieron igual suerte.

Sal Mineo, actor que alcanzó la fama con su interpretación junto a James Dean

en la película “Rebelde sin causa”, fue apuñalado hasta la muerte el 12 de Febrero de

1976. Lo curioso de este caso es que Mineo también había comenzado a desarrollar un

cierto grado de paranoia, sintiéndose vigilado y perseguido. Hacía poco tiempo que se

había embarcado en un proyecto cinematográfico en el que interpretaría en el cine a

Sirhan Sirhan, el presunto asesino de Robert Kennedy. La película trataría sobre la

conspiración para asesinar al candidato a la presidencia, así como el proceso de control

mental al que habría sido sometido Sirhan para cargar con todas las culpas.

Es posible que algo similar le sucediera también a Mark David Chapman, el

asesino de John Lennon. Como Sirhan, alegó enajenación mental como causa de su

actuación criminal. Lo que nadie mencionó durante el juicio fue que, a los 19 años, el

joven Chapman había sido huésped de un campamento de entrenamiento que en

aquella época mantenía la CIA en Beirut235, sin que hasta el momento haya

trascendido el tipo de instrucción o adoctrinamiento al que fue sometido el futuro

asesino. Otro hecho poco conocido con relación a Chapman es que parecía haber sido

un tipo corriente hasta que fue sometido a un tratamiento psiquiátrico para

“modificación del comportamiento” en el hospital Castle de Hawaii. La terapia a la que

fue sometido incluía el uso combinado de torazina e hipnosis, la receta favorita de la

CIA para sus agentes programados.

Dentro de la Operación Caos habría existido un subproyecto específico para

acabar con Lennon, cuyo nombre en clave era “Operación Morsa”. Los analistas de la

central de inteligencia tenían muy claro que lo que estaba en juego con Lennon era la

identidad histórica e ideológica de la contracultura. Por ello, los responsables de Caos

no se conformaron sólo con la muerte del cantante, sino que, además, llevaron a cabo

una intensa campaña de descrédito destinada a acabar a título póstumo con su imagen

pública, con su recuerdo. Fruto de esta campaña fueron algunos libros difamantes que,

a pesar de la repercusión que se les quiso dar en los medios de comunicación

conservadores, resultaron un sonoro fracaso a nivel de ventas.

Caos en Jamaica

En el Caribe, los ídolos de la música tampoco estaban seguros. La pobreza y la

caótica y violenta situación política del país habían convertido a las estrellas del reggae

en los únicos portavoces que tenía una población que se sentía cada vez más ignorada

por sus gobernantes. Las elecciones en 1972 dieron el poder al PNP y su máximo

dirigente, Michael Manley, prometió un régimen de crecimiento económico. Su política,

definida como “socialismo democrático”, y su abierta amistad con el presidente cubano

Fidel Castro polarizaron, sin embargo, a la población de forma extrema y alarmaron

profundamente a los norteamericanos, que consideraron seriamente la posibilidad de

que se produjera una revolución comunista en la isla. En 1975 Henry Kissinger,

durante una visita oficial, aseguró en un encuentro privado con el primer ministro

jamaiquino “que no existiría ningún intento de realizar operaciones encubiertas en

contra del gobierno de Jamaica”. Tal vez en contra del gobierno no, pero los líderes de

opinión eran otro cantar, nunca mejor dicho. Portavoces populares de la oposición al

gobierno y líderes indiscutibles del movimiento rastafari, con un enorme peso en la

isla, fueron Bob Marley y Peter Tosh. Peter Tosh, nacido el 9 de Octubre de 1944, hijo

de un predicador, trascendió sus humildes orígenes para convertirse, como Bob Marley,

en un agitador tremendamente influyente en pro de los derechos civiles. Este último

murió de cáncer, aunque son muchos los que sospechan que esa enfermedad bien

pudo ser provocada por agentes extranjeros, ya que había sufrido un atentado con

anterioridad. En cuanto a Tosh, un escuadrón de la muerte formado por tres asesinos

profesionales se presentó en su casa y fusiló sin contemplaciones a todos los

presentes.

Pero el reggae no es la única música negra que ha padecido el asesinato

político de sus principales representantes. En la actualidad, el rap, al asumir en sus

letras y ritmos la épica urbana de la violencia cotidiana (crimen, droga, cárcel,

represión), el sexo explícito y la pornografía dura, las posturas políticas de extrema

izquierda y la justificación de la lucha armada contra el orden establecido, en

consonancia con las tesis más duras de Malcolm X y los Panteras Negras, ha sido

atacado con inusitada agresividad por los sectores más conservadores de Estados

Unidos, convirtiéndose en una nueva música “peligrosa” para la estabilidad social del

país. Las letras del rap estaban convirtiéndose en un factor de cohesión y conciencia

política dentro de los sectores más beligerantes de la comunidad afronorteamericana.

Así estaban las cosas cuando, precisamente, los más lenguaraces e insumisos de estos

nuevos trovadores del gueto comenzaron a caer acribillados a balazos por toda

Norteamérica. Una densa cortina de humo cubre lo relacionado con el asesinato del

rapero Tupac Shakur, tiroteado en un semáforo de Las Vegas el 7 de Septiembre de

1996. Seis meses después sufría la misma suerte otra estrella del hip hop, The

Notorius BIG. La situación de abierta persecución ha llegado a tal extremo que,

recientemente, una conocida casa de juego admitía, a través de Internet, apuestas

sobre la fecha en que será asesinado Puff Daddy, que se ha convertido en el heredero

musical de los dos fallecidos.

Conclusión

Éstos no han sido los últimos casos de muertes poco claras entre músicos de

gran popularidad. Los más que extraños suicidios de David Hutchance, líder del grupo

INXS y activista en movimientos como Greenpeace y Amnistía Internacional, o de Kurt

Cobain, alma del grupo Nirvana, y potencialmente una figura de la talla de Morrison o

Lennon, nos hacen sospechar que la Operación Caos podría gozar en nuestros días de

un magnífico estado de salud.

Fuente: “20 grandes conspiraciones de la Historia”. Santiago Camac