En su reciente visita a España, y ante una pregunta sobre las posibles desventajas de la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos, el gobernador Luis Fortuño dijo a la periodista Verónica Calderón del periódico El País que: “…somos Estados Unidos desde 1898, ciudadanos norteamericanos desde 1917 y mas de la mitad de nuestra población reside en los 50 estados.  Y seguimos siendo lo que somos, estadounidenses y biculturales”.  Tal vez confundida por el entuerte de la respuesta o quizás simplemente por curiosidad, la periodista pregunta si los puertorriqueños somos latinoamericanos o estadounidenses.  La respuesta del mandatario fue que somos “boricuas, hispanos, y americanos” y de paso le pregunto a la periodista -como para enfatizar nuestra bipersonalidad- si ella quería mas a su madre o a su padre.  La periodista opto por cambiar de tema.

El intercambio no tendría mayor importancia si no fuera porque expuso internacionalmente el desconocimiento sobre nuestro ser nacional que sufre la persona que nos gobierna desde 2009.  El biculturalismo no es una cualidad a la que se llega por vías de la conveniencia económica para promover un destino de inversión.  Mucho menos se obtiene por el anhelo de cambiar un status político.

 

El biculturalismo es una realidad sociológica de pueblos que por su experiencia histórica integran grandes poblaciones de diferente extracción cultural.  Entendiéndose que la cultura es el conjunto  de costumbres, practicas, códigos, normas, maneras de ser y sistemas de creencias que identifican a unas gentes.

 

En países como Canadá, Nueva Zelanda o África del Sur el biculturalismo es una realidad que garantiza la convivencia pacifica de dos culturas incapaces de integrarse.  Generalmente las experiencias biculturales parten de la dificultad para integrar creencias religiosas o diferencias lingüísticas que pueden provocar tensiones entre grupos poblacionales.  En muchos casos el estado no le queda otro remedio que reconocer formalmente ambas culturas para minimizar los conflictos.

 

El contexto que acabo de describir, no corresponde a la realidad puertorriqueña.  Los puertorriqueños no somos biculturales.  La cultura puertorriqueña es el producto de más de quinientos años de historia, luego de la colonización española.  Tomo casi trescientos anos definir los rasgos de nuestro carácter cultural que vino a cuajarse en el siglo XIX, mucho antes del tan señalado 1898.

 

Los puertorriqueños somos un pueblo caribeño de rasgos eminentemente latinoamericanos.  Compartimos con el resto de Iberoamérica una historia, un idioma, unas costumbres, y una fe religiosa.  Nuestra cultura se ha nutrido de la presencia de diferentes razas, incluyendo a partir de 1898 a los Estados Unidos.  Pero la esencia y cultura del pueblo puertorriqueño es claramente distinguible de todas las que nos influencian.

 

A Estados Unidos nos une una realidad política y desde 1917, la ciudadanía. Al igual que en el caso de la cultura hispanoamericana, los puertorriqueños hemos hecho importantes contribuciones a la cultura estadounidense.  Pero de ahí a proclamar nuestro biculturalismo hay un gran trecho.

 

Preocupa mucho descubrir que el Gobernador desconoce nuestra realidad.  Preocupa más si conociéndola, pretende borrarla de golpe simplemente por que ante ella se ponen de manifiesto los obstáculos para la anexión que tanto defiende.  Quizás la única esperanza que pueda quedarles a los partidarios de la estadidad es que Estados Unidos algún día se reconozca como una nación multicultural y decida entonces aceptar un estado hispanoamericana como seria Puerto Rico.

 

Si nuestros gobernantes no pueden reconocernos como somos, mucho menos podrán encontrar soluciones a nuestros problemas.  Es decir, pueden ostentar el poder pero no pueden gobernar.  Defender y afirmar la cultura puertorriqueña no es inseguridad colectiva.  Es saber quien se es.  Es no tener complejos.  Es el instinto que tienen todos los pueblos del mundo de preservar su esencia, aun dentro de las realidades de la globalización.

 

Reinterpretar la realidad acomodaticiamente es deshonestidad.  Es la misma falta de honestidad que les impulsa a promover soluciones al status político mediante la exclusión de sectores importantes del pueblo puertorriqueño.  Si lo que se quiere es provocar interés en Puerto Rico como destino económico ya es hora que se demuestre la seriedad que requiere la competencia internacional.

 

“Como dirían los grandes sabios, si aporto mas lo daño”.  Mas claro no canta un gallo, mas clara no puede ser el agua, al pan, pan, al vino, vino.

Fuente: Periódico el nuevo Día versión Impresa